ADOLFO SCHLOSSER. BÓVEDA

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Adolfo Schlosser

Fotografía: Roberto Ruiz.

"De un tallo de raíz jugoso, reptando debajo
de la arena, brota de vez en cuando una
diminuta hoja de cardo.
Una brizna de yerba hunde en la arena su
extensa red de raíces
.”
Adolfo Schlosser, Stilleben [Naturaleza muerta], 1987

Adolfo Schlosser (Leitersdof, Austria, 1939 – Madrid, 2004) pertenece a una generación de artistas extranjeros que llegaron a España a finales de los sesenta y trajeron consigo nuevas formas de entender los códigos estéticos centroeuropeos. Nació en Austria en el seno de una familia de ceramistas, lo que le permitirá entrar en contacto desde niño con las técnicas artesanales relacionadas con la cocción del barro y la pintura. El taller de su padre se ubicaba a las afueras de la ciudad, en la proximidad a un bosque, por lo que esta estrecha relación con los elementos naturales, determinará sus trabajos posteriores.

Schlosser se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Graz y, posteriormente, se trasladó a Viena para ingresar en la Academia de Bellas Artes, donde se interesó por la literatura y la música, pero pronto abandona los estudios atraído por el deseo de viajar. Tras visitar distintos países, y con apenas 19 años, comenzó a trabajar en un barco de pesca de bacalao en Islandia, el Dorkell Many –experiencia de cuatro años que será determinante para el desarrollo posterior de sus obras–, ya que las referencias al universo cultural nórdico y al mundo de la pesca en alta mar aparecen con frecuencia en su producción, sobre todo, la alusión a la ballena a través de la novela Moby Dick de Herman Melville.

Fue gracias a la lectura de Federico García Lorca y Jorge Guillén que se interesaría por España, país en el que se estableció definitivamente a partir de 1967. Permaneció unos años en la capital, donde entró en contacto con la escena artística del momento para, años después, trasladar su residencia definitivamente a Bustarviejo, pequeña localidad de la sierra norte de Madrid en la que también residían otros artistas amigos como Mitsuo Miura, María Lara  o Marcos Irizarren. Atraído por el lenguaje formal de la naturaleza y por la escritura, convertirá su entorno –a través de paseos por el monte– en el elemento fundamental para construir toda su producción y junto a Eva Lootz –con quien llegará a nuestro país–, Juan Navarro Baldeweg y Patricio Bulnes fundará la revista experimental Humo. Su originalidad y el sentido que otorga al lenguaje estético, próximo al minimalismo y al land art, lo convertirán en una figura destacada del panorama nacional reconocido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991.

Aunque nunca abandonará el ejercicio de la escritura a través de la realización de guiones radiofónicos, textos o poemas y el interés por la música, será la escultura el principal medio de expresión con el que desarrolla un original leguaje. Si en un primer momento, los materiales predilectos de experimentación serán el plástico o metacrilato, la cuerda o la goma elástica, pronto serán desplazados por elementos orgánicos extraídos directamente de la naturaleza para incorporarlos a su imaginario. Piedras, palos, hojas, maderas, arena, etc… así como las matemáticas y la abstracción emparentada con los ritmos del entorno natural, le han valido para configurar un cuerpo de obra que lo reconecta con su entorno inmediato.

Sus obras, desde los primeros tapices de principios de los setenta de composiciones abstractas, pasando por los dibujos, las esculturas, las instalaciones y la fotografía, así como las acciones centradas en los conciertos con instrumentos-esculturas, constatan su capacidad evocadora de aparente fragilidad contrapuesta a la rotundidad de sus grandes instalaciones centradas en el símbolo de la espiral a partir de los años ochenta. Tal y como se observa en la obra titulada Bóveda (1992), donde la verticalidad de los troncos seccionados de abeto y las tres circunferencias de piedras de cuarzo que las rodean sugieren ancestrales rituales de culturas germanas  emparentadas, a su vez,  con la filosofía de simbología asiática. Este esquema concéntrico representa el círculo como una de las grafías más habituales encontradas en la naturaleza. La obra de Schlosser adelanta algunos de los intereses y tendencias de la escultura actual, como es la dimensión ecológica y la constante investigación sobre materiales orgánicos que apenas son intervenidos, del mismo modo que su trabajo más allá de reflexionar sobre el paisaje lo hace sobre la experiencia del paisaje que el artista trata de trasladar al espacio expositivo.

La práctica del dibujo  fue otro de los muchos intereses del artista: solía acompañar sus obras de bocetos previos donde determinar milimétricamente sus diseños. En este caso, junto a Bóveda, Schlosser realizó algunos trazos previos que mostraban no sólo cómo habría de instalarse la pieza sino el minucioso y excelente manejo del lápiz. De hecho, el papel se convirtió en uno de los soportes predilectos sobre el que ensayar con tinta china, vino, grafito o pintura acrílica y desplegar toda una serie de formas delicadas alusivas al mundo de los animales relacionados con el océano como flamencos, gaviotas y ballenas, así como enormes dibujos que mostraban diferentes paisajes.

Sin duda, la cualidad de los materiales orgánicos permitieron al artista desarrollar una reflexión poética que él mismo explicó así: “utilizo esa materia porque posee ya un significado propio como realidad, aún mayor que el de la obra de arte. No son ‘materiales’ sino barro, árbol, rama…naturaleza, vida”.

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