
Mitsuo Miura, llegó a Barcelona procedente de Japón en 1966 con una maleta en cada mano y sin apenas hablar español. Con su tempo oriental se sentó en un banco de la plaza de Cataluña a mirar atento el ritmo de aquella ciudad con mar. Desde entonces, el joven artista japonés no dejaría de observar cada uno de los paisajes que han acompañado su experiencia vital. De ahí que sus exposiciones se puedan interpretar como invitaciones a la contemplación y al desplazamiento, casi siempre, relacionadas con el bienestar, la memoria y el placer.